Textos - fabián ortiz psicoterapia

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Textos

¿El trabajo da la felicidad?

Inspirado en la conferencia homónima ofrecida en el EPBCN, dentro del Ciclo de encuentros Psicoanálisis de la vida cotidiana, el 11 de junio de 2010, junto a Mª del Mar Martín.

 

 

“Lo que de tus padres heredaste debes adquirirlo a fin de poseerlo".

Wolfgang Goethe

 


Nada de lo que heredemos —y no se trata sólo de dinero o de propiedades, sino de toda herencia— será utilizable o será propio sin un trabajo por nuestra parte. La primera herencia que uno recibe es la de pertenecer a una especie, la especie humana. Y con esa herencia viene otra: una existencia regida por el principio de placer, que consiste en la tendencia del aparato psíquico a permanecer siempre con el menor nivel de excitación posible. Por ese camino, por el de la inacción, el sujeto moriría en poco tiempo: en busca de que nada lo perturbe, de quedarse quieto, a ser posible dormido... perecería por inanición y deshidratación.

 

A propósito del placer, viene a cuento un experimento de laboratorio que se realizó en 1954. Mientras estudiaba la estimulación de ciertas áreas en el cerebro de ratas, el neuropsicólogo James Olds colocó electrodos en una parte del sistema límbico de los animales, en un área del encéfalo relacionada con el procesamiento de las emociones. El resultado fue que las ratas, estimuladas de modo placentero, buscaban las descargas eléctricas continuamente, presionando el dispositivo que las producía, hasta 5.000 veces consecutivas. Murieron, literalmente, de placer. Salvada la diferencia entre el humano y la rata, sirve el ejemplo para ilustrar hasta dónde se puede llegar si uno se instala en el principio de placer. Por decirlo de otro modo: el ser humano, si no trabaja, derrapa irremediablemente hacia la enfermedad.

 

Para ver lo importante que el trabajo es en nuestra vida basta con mirar una tarjeta de visita: junto a otros datos aparece la profesión, el cargo, lo que dice a qué se dedica el dueño de la tarjeta. De hecho, cuando alguien se presenta, por lo general, no dice “soy Fulano y trabajo de tal cosa”, sino “me llamo Fulano y soy tal cosa”, como si eso que hacemos nos constituyera un ser. Es decir, que para ser es necesario hacer.

 

Desde el punto de vista del psicoanálisis, el trabajo es la postergación que impone la realidad para la realización de un deseo y, sobre todo, es un valor que permite al sujeto entregar algo a la sociedad a cambio de lo que recibe de ella. Esto nos permite pensar el trabajo como un vehículo no sólo para ganar dinero que después invertiremos de tal o cual manera, sino para tejer un entramado en el que adquirimos un compromiso. ¿Con quién? Con el mundo, con nosotros mismos y con todos.

 

El trabajo se puede medir por el valor del esfuerzo, que da la verdadera medida del resultado de ese esfuerzo. Esta distinción es fundamental para el psiquismo, porque significa que después de una primera etapa, la de la infancia, donde se premia el esfuerzo independientemente del resultado de lo que se hiciera, viene otra en la que el sujeto obtiene una retribución de acuerdo al resultado de la obra que realiza. Esa gente que se dedica a trabajos que hace a desgana, de cualquier manera, perdiendo el tiempo, escaqueándose, para luego quejarse de que cobra una miseria, ¿qué edad mental tiene? ¿Son adultos o siguen en la niñez?

 

También da para pensar dónde están los límites del dinero. Hay sujetos a quienes les resulta impensable poder ganar más de mil, dos mil, tres mil euros al mes. Y, claro, nunca encuentran trabajos que les permitan ganar más que eso, lo que les lleva a pensar que no hay trabajos buenos. Y decir encuentran no es ocioso: es gente que tiende a pensar que los trabajos están ahí, escondidos, agazapados, y que su tarea consiste en encontrarlos, nunca en hacer un trabajo previo —como una formación— que produzca esos buenos trabajos.

 

Ese trabajo previo bien puede ser el trabajo del análisis, poderoso dispositivo para modificar la vida psíquica. Es decir, la vida del sujeto y de la sociedad en la que está inmerso.

 

© Fabián Ortiz 2010

  

'Perdidos' en la admiración

El vuelo 815 de Oceanic Airlines se estrella contra una isla y así comienza Lost, una serie que cosecha millones de aficionados —y adictos— en todo el mundo, y que ha convertido a Jack Shephard, un médico que juega a superhéroe pero sin superpoderes, en ídolo de masas. ¿Hay algún seguidor de Lost que no haya fantaseado con ser el doctor Shephard? ¿Dónde nace el sentimiento de admiración por un personaje que, a diferencia de Batman, el Capitán América, Spiderman o Los Cuatro Fantásticos, no dista mucho de cualquier otro humano, más allá de las circunstancias propias de su drama isleño? O, para hacer la pregunta más abarcativa, ¿por qué se admira a los otros o algún rasgo en ellos?

 

A diferencia de lo que ocurre con el superhéroe, el fenómeno de identificación con Shephard se apoya en la figura del héroe corriente. El asunto funciona porque el espectador encuentra en él no ya una mirada de rayos equis, la capacidad de volar, de controlar el fuego o de hacerse invisible, sino cualidades propias del ser humano (o, simplemente, propias, suyas), ya se trate de limitaciones o capacidades; con eso se coloca a su lado en su aventura heroica. Se reduce así la distancia entre espectador y héroe, para que la identificación con él resulte propicia, funcione.

 

El doctor Shephard de Lost ilustra muy bien lo que el ser humano suele admirar en los otros: el liderazgo, el papel de redentor que orienta en medio de la confusión, la esperanza de vida donde sólo asoma la muerte, aspectos que la trama de la serie subraya desde la primera escena del primer capítulo de la primera temporada. El doctor Shephard es el héroe mismo, capaz de ayudar a los heridos, de asistir a una embarazada y salvarla de una muerte segura, de guiar al rebaño para sobrevivir en la jungla que acecha como un monstruo vivo amenazante. Como dijo Antoine de Saint-Exupéry en una atinada definición de la admiración, “el mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va”, y el doctor Shephard es uno de ellos. Pero este cirujano también es Jack, un tipo corriente que, incapaz de suturar su propia herida sangrante, pide ayuda a Kate, una mujer que irrumpe así en su vida. Y esa demanda de auxilio será el anticipo de una historia de amor, aspectos en los que también el espectador se siente identificado, porque entonces el héroe puede ser también como él mismo es, mortal, imperfecto, incompleto, necesitado de la ayuda y del amor de los otros.

 

¿Y si, en lugar de admiración, se tratara de una elaboración de la envidia? “Yo no soy envidioso” es una frase que a menudo surge de personas de toda condición social, cultural, económica o religiosa; está, por tanto, arraigada de manera transversal en la civilización, aunque no puede ser tomada en serio. La envidia —como los celos— es un sentimiento que constituye al ser humano, y su negación siempre es atribuible a la acción de una poderosa represión, por lo que adquiere un papel tanto o más importante por la vía del inconciente. La envidia posee su matriz y opera desde los primeros meses de vida. Nace de la relación inconciente del niño con quien desempeñe con él los roles de madre y de padre.

 

La envidia es siempre insana, porque no es un anhelo que empuja a conseguir lo que el otro posee, sino un sentimiento que persigue el deseo de que el otro pierda eso que yo creo que lo colma, lo completa, lo acerca a aquel momento beatífico (y mítico) del niño mamando del pecho materno, ambos unidos como un solo ser. Por tanto, la envidia sólo puede reelaborarse para ser transformada en un sentimiento aspirativo si se somete al análisis.

 

La admiración hunde sus raíces en las primeras identificaciones. “Mira, eres tú”, le dice alguien al niño que goza de su imagen —completa al fin, en contraste con la fragmentación real— en el espejo. Así recoge, por primera vez, una imagen de sí mismo, una imagen de su yo, una imagen del yo. Esa es la primera identificación imaginaria de la superposición de identificaciones imaginarias que conformarán el yo a lo largo de toda la vida. Hay una primera identificación, la primordial, que inserta al niño en la especie: soy humano. Le siguen otras identificaciones, de las que la materno-filial resultará una matriz, un modelo, para las posteriores. La emulación del padre o de quien realice para el niño esa función será el siguiente paso. Durante muchos años, hasta la irrupción en las metamorfosis de la pubertad, el niño tendrá en los modelos parentales el centro inequívoco de sus identificaciones, de su admiración.

 

El doctor Shephard ha ido perdiendo peso, centralidad y fuerza protagonista con el avance de las temporadas de Lost. En este desarrollo, los guionistas y responsables de la serie se han adaptado fielmente al curso de la vida: a medida que el niño se hacer púber, sus primeros modelos de identificación/admiración, esos padres de la infancia, comienzan a perder protagonismo, en favor de otros. Determinado profesor, el amigo íntimo, el más listo de la pandilla, un ídolo musical o futbolístico, personajes que ocuparán el lugar del que, en su indispensable transitar hacia el mundo adulto, tiene que cortar los vínculos de admiración con mamá y papá para trazar su propia senda. Y es en ese tránsito, marcado para siempre por la mirada del otro como factor constituyente, que volverá una y otra vez, de manera inconciente (es decir, insabida), a aquellos primeros modelos de identificación.

 

© Fabián Ortiz 2010 

¿Cuál es mi sexo?

El ser humano es el único animal que nace dos veces, una para asomarse a un mundo que lo recibe con la mesa dispuesta para el banquete —a la espera de sostener, de por vida, la pregunta acerca de quién es el comensal y quién forma parte del menú—, otra para acceder al mundo de la genitalidad. Nace el cachorro humano dependiente de los cuidados maternos, de ese otro que lo alimentará, cuidará, mimará y anclará con todo ello a un goce que será necesario cortar para hacer posible su acceso al mundo. Del desenlace de esa ruptura, en la que intervendrá de manera crucial la función padre —transmisor de la ley—, y de la resolución del complejo de Edipo dependerá en gran medida la futura elección de objeto del sujeto púber, el que accede a ese segundo estadio del nacer, el del acceso a la sexualidad genital.

 

Cae entonces el sentido de una pregunta recurrente: ¿soy heterosexual o soy homosexual? No se es nada; si acaso puede pensarse que todos nacemos bisexuales y que nos construimos una sexualidad en el largo proceso de crecer, que dura toda la vida. La sexualidad, por si no ha quedado ya lo suficientemente claro, no es la genitalidad, nada tiene que ver con poseer los atributos de una hembra o de un varón, de igual manera que hombre y mujer son posiciones que se pueden ocupar en diferentes momentos, construcciones teóricas de contenido incierto, nunca realidades sujetas a la visibilidad de unos genitales.

 

Así, ser homosexual o heterosexual es una contingencia, un accidente arraigado en lo fálico, en la castración y, por tanto, en lo inconciente. Y hablar de inconciente es admitir que no hay garantías para evitar los accidentes.

 

© Fabián Ortiz 2010

Lo tengo todo... y no tengo nada

Juan, cuando era joven, a punto de terminar su carrera, anhelaba conseguir un buen empleo que le permitiera desarrollar sus ideas profesionales, aspiraba a tener una pareja con la que formar una familia, ser padre de al menos un par de hijos bellos e inteligentes, vivir en una casa cerca del mar, comprarse ese todoterreno lujoso que anunciaban en televisión como pasaporte a la felicidad, disponer de una habitación acondicionada para escuchar música y ver sus películas preferidas, pasar unas vacaciones en aquella isla paradisíaca que un día vio en un reportaje sobre viajes...

 

Juan, pleno de deseo, se puso manos a la obra, hasta que lo consiguió todo. Todo. Y ahora, apenas superados los cuarenta años, casado, padre de dos hijos hermosos, propietario de esa casa playera y de aquel todoterreno que no le impidió, aun siendo carísimo, hacer aquellas vacaciones de ensueño, con un trabajo bien remunerado que le permite largos ratos de ocio para su música y sus películas, se mira al espejo y se pregunta: ¿por qué me siento así, como vacío, sin ganas de nada? ¿Por qué no disfruto de mi mujer, mis hijos, mi coche, mi casa, mi tiempo de ocio?

 

Juan, un hombre cualquiera que bien podría ser una mujer cualquiera, forma parte del cada vez más nutrido grupo de seres humanos que creyeron que en sus proyectos de juventud se agotaban los proyectos. La comodidad psíquica es un síntoma y un síntoma es siempre una transacción que el sujeto hace a cambio de algo, casi siempre de un no saber, de un no saber sobre lo reprimido inconciente que anida en él. En el polo opuesto de la comodidad, es la dificultad, el displacer, lo que empuja al movimiento: basta con ver a los niños sobreprotegidos y saturados de pertenencias para adivinar qué dificultades encontrarán en su acceso al aprendizaje, a la investigación necesaria para recorrer los meandros del vivir.

 

Quien se aburre es un traidor, un traidor de su propio deseo. Como si el deseo fuera el depositario de una promesa inquebrantable, así hay que tratarlo; y como si esa promesa fuera “nunca te abandonaré”. Sólo que, aunque pudiera pensarse que la dirección de esa frase va del deseo al deseante, es exactamente en el sentido opuesto como opera para que funcione.

 

© Fabián Ortiz 2010 

Soñar tiene sentido

Extracto de la charla-coloquio celebrada en Àmbit Cultural de El Corte Inglés el

12 de febrero de 2010

 

 

Salgamos pronto de la ambigua afirmación del titular de este artículo: soñar tiene sentido... si el sueño se somete a la interpretación psicoanalítica. Dicho de otra manera: un sueño no significa nada si no se lo traslada al laboratorio del análisis, para lo que resultará indispensable un encuadre en el que se requiere un analista, un número de sesiones, una frecuencia para esas sesiones, un pago y, una vez establecido todo ello, el compromiso de un paciente para hablar de lo que soñó, mediante la técnica de la asociación libre.

 

Los sueños poseen algo inquietante, capaz de influir en nuestro humor al despertar, teñirlo con las tonalidades del malestar, la alegría, el desasosiego. Es por esto que soñar sigue siendo, 110 años después de la publicación de La interpretación de los sueños (uno de los libros más vendidos de Sigmund Freud, uno de los best-sellers de todos los tiempos), una actividad capaz de generar una curiosidad que remite a lo infantil. ¿Por qué Freud dedicó su obra más popular a un asunto aparentemente tan trivial como es la actividad onírica? No porque no tuviera mejor material de estudio, sino porque en su labor clínica con enfermos neuróticos había descubierto aspectos del psiquismo que eran aplicables a la gente normal, pero que sólo resultarían aceptados por ésta si se despegaban de lo patológico. Y como soñar, soñamos todos, el sueño resultó ser un vehículo perfecto para demostrar que, una vez interpretados por un analista, los sueños revelan ser realizaciones alucinatorias de deseos inconscientes sexuales infantiles reprimidos.

 

Realizaciones alucinatorias de deseos inconscientes sexuales infantiles reprimidos. Dista mucho de lo que los fantásticos libros de claves y las también fantásticas páginas web —es decir, basados en la fantasía— nos dicen que encierran los sueños, esos significados apoyados en unas curiosas tablas de conversión, como si se tratasen de tablas matemáticas. Google encuentra más de 1.800.000 resultados en 21 centésimas de segundo si se busca “interpretación + sueños”, pero la gran mayoría remite a páginas donde se persigue un significado que el sueño, en sí mismo, nunca posee, porque antes de recordarlo —y suponiendo que fuésemos capaces de ello con un amplio margen de fiabilidad del todo improbable— fue pasado por la trituradora de deseos inconscientes reprimidos que es, en sí mismo, el trabajo del sueño.

 

Un ardid, un disfraz, un birlibirloque, eso es lo que hace el sueño con nuestros pensamientos reprimidos que fueron a alojarse en el inconsciente y que durante el dormir pugnan por abrirse paso hasta la conciencia. Por eso el delirio fílmico que casi siempre parecen ser los sueños. Por eso la necesidad del psicoanálisis para deshacer el embrollo, mediante el relato del soñante, un texto con sus escasas certezas, sus muchas dudas, sus frecuentes censuras y sus aparentes contradicciones, puesto al servicio del analista para ser interpretado.

 

En su poema El sueño, Jorge Luis Borges se preguntó, de manera muy procedente, por el secreto que el soñar encierra para ser tan eficaz sobre nuestras almas:

 

Si el sueño fuera (como dicen) una 
tregua, un puro reposo de la mente, 
¿por qué, si te despiertan bruscamente, 
sientes que te han robado una fortuna? 
(...)

 

© Fabián Ortiz 2010 

Deprimido y solo

Un presunto terrorista intenta hacer estallar un avión en pleno vuelo, el día de Navidad. Tras su detención, verdaderas legiones de expertos en la materia (sería más apropiado hablar de “las materias”: el propio terrorismo, la religión a la que pertenece el detenido, los explosivos sintéticos, la seguridad aeroportuaria, la política internacional estadounidense, etc.) y opinadores profesionales de los que se nutren las tertulias del mundo mediático salieron a buscar las causas, los motivos, el origen de semejante atrocidad, que pudo costar la vida a decenas de personas. Se habló de integrismo islamista, del pulso por el poder que la gran potencia norteña mantiene con el eje del mal desde el 11 de septiembre de 2001, del crecimiento del terrorismo en algunos países del África negra... Horas de radio y televisión, centímetros de letra impresa y miles de pantallas en internet fueron dedicados a hurgar entre los restos del episodio, casi siempre apoyándose en las obviedades de lo visible, es decir, donde casi nunca radica la verdad.

 

La carga explosiva que llevaba cosida a su ropa interior el nigeriano Umar Farouk Abdulmutallab para el atentado frustrado no aportó más pruebas que las que la ley requerirá para incriminarlo. Los sesudos análisis políticos, religiosos y diplomáticos apenas pusieron el decorado —siempre necesario, pero decorado al fin— para el desarrollo de la obra. Pero la punta del ovillo de donde habría que tirar para conocer las razones que llevaron a Abdulmutallab a poner su vida en juego en un acto devastador brotó de un puñado de palabras que ese hombre dejó escritas en un chat, unos años antes de que su aparato psíquico lo depositara en la senda de la sinrazón.

 

“Me siento deprimido y solo. No sé qué hacer. Además, creo que la soledad me lleva a otros problemas”, redactó Abdulmutallab en enero de 2005, cuando cursaba estudios en lenguas árabes en Yemen, planeaba solicitar la entrada en Standford y otras universidades estadounidenses de renombre. Vivía en “dilema entre el liberalismo y el extremismo” como devoto musulmán. “¿Cómo se puede encontrar el equilibrio adecuado?”, preguntó a un compañero de una página islamista ese hombre angustiado porque no conseguía memorizar el Corán y completar sus estudios islámicos al mismo tiempo. “Me esfuerzo para vivir mi vida a diario de acuerdo con el Corán y la suna lo mejor que puedo”, admitió en medio de su conflicto entre las exigencias morales del credo que profesa, su deseo como aspirante a una vida de estudios en Occidente y un matrimonio anhelado pero también generador de controversia interior.

 

Siempre es el sujeto quien se sitúa en el punto de mira, el malestar intrínseco que genera la renuncia de lo pulsional para acceder a la cultura, a una vida en la civilización, aunque los analistas y los expertos seguirán buscando las grandes razones políticas o religiosas, las pistas del explosivo, el dato revelador que oculte para siempre el proceso psíquico, inconciente, que llevó a Abdulmutallab —y a tantos otros como él— a dar rienda suelta a la destrucción, apoyado en unas razones espirituales de las que nada sabe.

 

© Fabián Ortiz 2009

Familia, producción y reproducción

“Todo ser vivo nace, crece, se reproduce y muere”. ¿Sí? La sentencia es indiscutible vista a través del prisma biológico, pero pierde su condición de axioma cuando se la somete a la visión del psicoanálisis. El ser humano tiene dos certezas: que nace y muere, tan ligada una a la otra que el tránsito del origen al final está siempre marcado por esa ambivalencia, la que va de la pulsión de vida a la pulsión de muerte. Lo de crecer ya puede ser asunto de cada uno, una verdad no comprobable en todos los casos, al menos si hablamos de crecimiento (desarrollo) psíquico.

 

Desvalido a causa de la prematuración de su nacimiento, el niño requiere del cuidado de un adulto para no morir en apenas unas horas, porque nace en un medio para el que no está adaptado y se desarrollará en otro —el del lenguaje— todavía más desnaturalizado. Pasarán muchos meses hasta que pueda valerse por sí solo, comenzar a andar, a comer sin ayuda de nadie, y no será hasta el tercer año de vida que su aparato psíquico registre la conformación de un yo reconocible. Mientras tanto y hasta que se produzcan las sucesivas rupturas (el primer alejamiento de la madre que se deriva de la conquista de la marcha erecta, la escolarización, el renacer sexual con la pubertad, el acceso al mundo laboral), su mundo estará enmarcado por la familia, un modelo social y sexual que determinará la conformación de la realidad para ese sujeto en crecimiento.

 

Soltar amarras con respecto a aquellas certidumbres familiares, asumir la responsabilidad como sujeto, esto sería el equivalente a crecer para el psicoanálisis, que con frecuencia es la herramienta necesaria y válida, como si de una brújula se tratara, para evitar el tentador regreso a aquella seguridad familiar, de efecto tan nocivo para el psiquismo.

 

Y si estar vivo o haber vivido es una meta sólo alcanzable a través de la reproducción, cuánta gente pasaría por la vida como los no-vivos/no-muertos, como esos zombis patéticos de las películas de George A. Romero. Limitar la existencia a la reproducción, algo que viene dado por la especie misma, es cerrar tanto el ámbito del pensamiento humano que equivale a compararlo con el de cualquier otro animal. Reproducirse es relativamente fácil; más difícil es estar en condiciones de producir.

 

© Fabián Ortiz 2009

Leer y ser leído

“Este es uno de los misterios del lector: que leyendo para sí mismo, para satisfacer sus propias necesidades —y a veces en la soledad más cruel que quepa imaginar— beneficia secretamente a la socie­dad en la que vive: como si la pastilla que usted se toma contra la migraña quitara también el dolor de cabeza a sus vecinos” (Juan José Millás)

 

 

Los españoles leen poco. Lo afirman las estadísticas aportadas por organismos tan interesados en la materia como la Federación de Gremios de Editores de España. Y lo certifica la situación crítica que viven los diarios de información general, preocupados por la competencia de los de distribución gratuita y el creciente avance de sus propias ediciones digitales, que merman las ventas, o sea, los lectores.

 

Puede que haya una segunda lectura —y ésta va con segundas— detrás de ese abrazo apasionado del lector de diarios online: después de siglos de ocupar una posición pasiva, el lector actual puede, por fin, tomar la palabra.

 

El cuadrito que invita a dejar un comentario, habitual al pie de las informaciones en los periódicos digitales, permite el acceso a un canal de expresión que antes de la creación del periodismo para internet estaba limitado a la comunicación epistolar. Las cartas al director quedan ahora reservadas para asuntos que trascienden el medio digital, supeditadas no sólo al criterio de selección de quien edita ese espacio, sino también al tiempo del papel, que no es el tiempo de internet. Opinar, dejar un comentario, participar, es siempre una manera de tomar la palabra, asunto que entre el lector de prensa español, marcado por cuarenta años de silencio forzoso, agradece con fervor participativo. Sin embargo, el intercambio de opiniones, cuando no deriva en la descalificación del otro, no pasa de la pertenencia a esa comunidad de usuarios donde todo produce la misma música, cuando no idéntico ruido.

 

Leer es un acto intelectual que no se limita a pasar la vista sobre el papel impreso o la pantalla. Leer es abrir un campo de pensamiento, abordar un texto y dejarse abordar por él. Como acto intelectual, está íntimamente ligado al goce; es, pues, una experiencia libidinal. Leer implica ser seducido por la palabra, por ese Otro al que se refiere Lacan cuando dice que “quien lee nunca está en soledad”. Leer es descubrir aquello de nosotros que aparece en el relato, algo que ha estado ahí, velado, y que ahora inquieta, apasiona, arroba, seduce, molesta, excita. Porque un texto no es tal cosa sin la figura del lector, igual que no hay lector sin la presencia de un texto.

 

Trasladado al psicoanálisis: el inconsciente es un texto por leer, por abrir, por descubrir, y el analizante es un particularísimo lector dispuesto a dejarse abordar por la palabra, en este caso su propia palabra hablada. Con la presencia del Otro que escucha, el sujeto abre un nuevo campo de pensamiento, y siempre detrás de esta lectura aparecen mejores argumentos para escribir el relato de la vida por vivir. Un relato que redundará —como si la pastilla que el analizante toma calmara la migraña de sus vecinos— en beneficio de la comunidad.

 

© Fabián Ortiz 2009

¿Yo también estoy en crisis?

El ser humano está siempre afrontando crisis. Lo que ocurre es que hay crisis que se pueden prever (el primer día de colegio, la llegada de la menstruación, la incorporación al servicio militar, la primera relación sexual, la jubilación, la menopausia) y nos encuentran, por tanto, algo preparados; pero para las otras, las crisis menos previsibles o del todo imprevisibles, los recursos de que disponemos no alcanzan. Por lo tanto, hay que aprender a generar otros recursos, a buscar las herramientas que nos permitan salir lo más airosos posible de este vivenciar impensado.
 
Crisis, según el diccionario etimológico, es: punto decisivo, momento inestable; y también: cortar, separar, decidir. De ella vienen las palabras crítica y criterio. La crisis nos obliga a pensar; por lo tanto, es un periodo fructífero para el análisis. Crisis es un momento decisivo de una persona, de una situación o de un colectivo.
 
La crisis es como el lema del ecologismo: se piensa globalmente, pero actúa localmente. Más aun: actúa subjetivamente. Es decir, que aunque sólo veamos una crisis, esa forma tiene que ver con la percepción de cada uno. Y sus efectos también son únicos e intransferibles. Se trata de un proceso de ida y vuelta: el mundo —la sociedad— instala la crisis en el discurso cotidiano y el sujeto lo incorpora y realimenta, ayuda a propagarlo.
 
El uso de la palabra crisis en los medios de comunicación (desde los medios de comunicación) está cargado de connotaciones negativas. Crisis significa, desde esos altavoces, drama, situación ajena, un estado de cosas que no se puede modificar desde la subjetividad; es algo relacionado siempre con un poder. Esta convicción de lo inalcanzable opera como un ordenador del pensamiento y de la acción. Funciona como un mecanismo de control, parte de la base de un sujeto débil y culpable, que debe ser manipulado hacia un fin preestablecido, donde lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, lo permitido y lo prohibido, vienen dados desde afuera.
 
La queja es el anclaje que aparece para hacer de la crisis una rutina, igual que ocurre con la pareja, con el trabajo, con los hijos: ahí donde aparece la queja hay un enquistamiento, una incapacidad para el cambio, una resistencia a salir de esa situación que se percibe como desalentadora, angustiante. Hay que producir los cambios necesarios para modificar la crisis desde uno, desde la subjetividad.
 
España vivió un sueño del que ha despertado con una estrepitosa percepción de angustia: el pelotazo, la burbuja inmobiliaria, la fiebre hipotecaria, el “lo compré por veinte y ya me ofrecen treinta”, los chismes electrónicos, los viajes... de todo esto se ha salido bruscamente —en unos casos más que en otros—, pero lo que cabe destacar es que no se trataba de producciones del sujeto. Como todo aquello que en realidad no se desea, cuando se obtiene no produce la sensación de haber alcanzado ninguna meta. Sin deseo no hay satisfacción posible. Llenemos a un niño de juguetes sin que los pida y tardará unos minutos, con suerte horas, en dejarlos de lado, en no prestarles más interés.
 
El españolito medio pensaba como un niño, con la omnipotencia propia de los primeros años de vida, una fantasía narcisista que se interrumpe cuando entra en juego el principio de realidad. La interrupción produjo una entrada en escena traumática, angustiante, del vivenciar adulto. Las consecuencias de esa brusca salida del mundo infantil se ven todos los días en las colas de la Seguridad Social: depresión (o su opuesto, la manía), desequilibrio narcisista (la llamada “baja autoestima”), dificultad para asumir la responsabilidad propia. Los trastornos derivados de esos estados son la somatización, la hipocondría, los problemas vinculares (la pareja, la familia, el trabajo...).
 
La crisis resuena en el interior, pero por lo general se procura acallarla con las soluciones prácticas más a mano: el consejo de un amigo, un pariente o un vecino, o la visita a un psiquiatra en busca del fármaco milagroso; así, la responsabilidad vuelve a ser colocada en otro lugar, fuera de mí, será siempre cuestión de otro poner remedio a lo que me aqueja, aunque sólo tenga que ver conmigo. Postergar o enmascarar una crisis interna paga un precio excesivo más tarde, y puede tener repercusiones para siempre en el psiquismo. Pueden pasar semanas, meses o incluso años, pero la factura acaba por llegar.
 
Quien se siente atropellado por la crisis puede hacer tres cosas: dejarse estar, mientras se queja y se lamenta; ponerse una tirita, paliativo insuficiente que le permita creer que ha reaccionado ante el atropello; o puede operar los cambios que parten de él, su forma de pensar su vida, la vida y el mundo, imponerse una acción —un accionar— que produzca una nueva realidad, entender que el adentro y el afuera habitan un mismo espacio psíquico. Porque, aunque parezca que todos vivimos en el mismo mundo, cada uno tiene una representación del mundo propia, y esa es la que habita, la que lo habita.
 
Angustia, sufrimiento, dolor, insatisfacción, son producciones de ese mundo psíquico del que nada sabemos, inconsciente, y sólo resultan abordables —transformables— en el dispositivo analítico, una herramienta eficiente cuando las crisis entran sin llamar.
 
© Fabián Ortiz 2009

Angustia y ansiedad

Por Fabián Ortiz y Daniel Cañero

Todos, en algún momento, estamos angustiado ante algo. El estudiante en la época de exámenes, por miedo a suspender. El sufriente deudor de una hipoteca, ante el temor de no poder pagar. El enamorado, frente a la amenaza muda de perder el amor de su pareja. Cualquiera que se encuentre ante una decisión importante, por miedo a elegir la opción incorrecta. Son situaciones en las que uno está angustiado, sin por ello padecer un trastorno de ansiedad, en los que la angustia desaparecerá cuando desaparezca el motivo real que la generó. Pero en otros momentos uno está angustiado y no sabe por qué. Si el temor o el miedo está en la realidad puedo huir de él, pero ¿cómo escapar de la angustia que proviene de mí mismo? No puedo escapar de mí mismo.

 

La angustia se parece al miedo, pero aparentemente no tiene objeto, no se ajusta a ningún fin. La angustia, al parecer, no sirve para nada, es como un miedo a nada y que puede durar mucho tiempo. A menudo, para no hablar de angustia, se habla de ansiedad. ¿Qué es la ansiedad? ¿Una enfermedad, una emoción, un afecto? El término ansiedad está extraído del manual que emplean psiquiatras y psicólogos clínicos para diagnosticar (DSM-IV). En él aparecen reseñadas las crisis de pánico y los trastornos de ansiedad, dos cuadros clínicos diferenciados. En uno la angustia sobreviene de manera inminente, como sería en un ataque de pánico, y en el otro la angustia aparece de manera continua, como una angustia flotante. De hecho, la angustia está presente en la mayoría de los trastornos mentales.

 

La ansiedad se descubre siempre en el cuerpo: palpitaciones, dificultades respiratorias, sudoración, trastornos intestinales, picores o alteraciones en la piel, problemas para dormir, constantes ganas de ir al baño… Los síntomas corporales son los que puede tratar la medicina a través de psicofármacos como, por ejemplo, los ansiolíticos, que son, junto a los antidepresivos, los más recetados en todo el mundo. Los síntomas en el cuerpo remiten con estos fármacos o con técnicas menos agresivas, como las de respiración, yoga, taichi, etc.

 

Pero, ¿qué ocurre con los síntomas mentales? ¿De dónde provienen esos temores, esas ideas de que me puedo volver loco, me puedo morir, ese no sé lo que me pasa? El cuerpo, con sus síntomas, canta, le pone letra, a la música de la angustia, y lo hace como un modo de paliar lo que no podemos poner en palabras. Interpretar esa música es tarea del psicoanalista.

 

Porque si no se tramita adecuadamente la angustia interior, que no sabemos de dónde procede, hacemos un intento de ponerla fuera. Así, sustituimos la angustia por un elemento exterior, por ejemplo en el caso de la fobia. Antes sentía angustia, ahora siento miedo a montarme en ascensores, por ejemplo, y entonces me dedico a evitar los ascensores, que considero la fuente de mi angustia. Muchas veces en la fobia se va armando esta operación, lo que se llama el parapeto fóbico, que también se erige por la vía de las adicciones.

 

La angustia es una señal, una brújula para la vida psíquica. Si no nos cuestionamos nada sobre ella, esa señal se abre paso no sólo hasta el cuerpo en forma de síntomas, sino también hasta los objetos que nos rodean, hasta el mundo que habitamos. Uno, para no sentir angustia, es capaz de ponerse enfermo. Enfermo de neurosis. O generar una fobia. O una neurosis obsesiva. Y este hecho es muy corriente, porque el ser humano tiende a escapar de la angustia, y en esa tendencia estropea cosas, empezando por su cabeza y siguiendo por el mundo que le rodea.

 

Un síntoma, en el mundo de la medicina, tiene un significado que se trata con la medicación adecuada. Un síntoma, para el psicoanálisis, es una transacción entre deseos inconscientes y la conciencia, son apaños mal hechos entre ideas que no podemos tolerar y lo que concientemente nos parece tolerable. De ese choque de fuerzas nace el síntoma, como paliativo.

 

La angustia no es algo patológico, que se debe curar o aplacar sea como sea. La angustia es un afecto estructural del ser humano, la padecemos todos, y tan sólo aparece como patológica cuando traspasa un determinado umbral, unos niveles. La angustia es inherente al ser humano, porque remite a la completud mítica de la primera infancia, cuando el lactante encontraba todo lo necesario en el amor y los cuidados maternos. Esto, que parece tan teórico, se vivencia a diario, cada vez que una situación nos decepciona: ese trabajo que creía que me colmaría y ahora no es como me lo imaginé, esa mujer a la que deseé durante tanto tiempo y ahora resulta que también tiene defectos, esos objetos (la televisión de plasma, el coche, lo que sea) que anhelé durante meses y que tampoco me satisfacen... Todas esas vivencias de frustración, de búsqueda infructuosa de aquella completud, generan angustia: ocurre cada vez que algo que yo pensaba que sería perfecto se rompe.

 

En resumen, que la angustia es lo que media entre el goce (que es siempre el goce de la madre, aquella completud narcisista del bebé) y el deseo, situación que se nos plantea varias veces al día, cada día, todos los días de nuestra vida. Cuando siento angustia puedo dejarme caer en los brazos del goce, que es un goce imposible, o movilizarme a través del deseo. Una persona orientada hacia el deseo tendrá una gran capacidad de trabajo, para las relaciones sociales, para la vida de pareja o las relaciones amorosas, es decir, una persona capaz de trabajar, gozar y amar.

 

El psicoanálisis ofrece una herramienta para que aflore lo inconsciente, para que el sujeto sepa por qué está angustiado y, por el hecho de poder ponerle palabras a su angustia, deje de experimentarla como algo displacentero. Es decir: el psicoanálisis coloca esa brújula que es la angustia en las manos del paciente, como un instrumento de navegación para que sea él, y no su inconsciente, quien decida qué dirección quiere darle a su vida, si la del goce imposible o la del deseo.

  

Un factor distintivo de la angustia es que cuando alguien dice que la siente, lo que siente ya es otra cosa. Porque decir tengo angustia ya es empezar a hablar, y lo correcto sería decir que uno no tiene angustia, sino que es la angustia la que lo tiene a uno.